Al final de la ciudad, después de cruzar la puerta del 112, volvemos a ser los gordos de siempre. Somos una familia del fraccionamiento las águilas, crecimos aquí, crecimos y no. Aquí dentro seguimos riendo con cantinflas, comiendo en la cama y andando descalzos. Somos un pasado que siempre será mejor. Ayer papá no me dejó prender la estufa, “te vas a quemar”, dijo; me sorprendió verme en sus ojos todavía gateando. Hoy mi hermano comenzó a molestarme con que había quemado todas las revistas, libros y cajas que dejé, “pero antes tenías juguetes más divertidos, podía quitar cabezas o quemar el microhornito” y se rió. A veces parece más chico que sus hijos, quizás en familia siempre tendremos 7 años. Son las 12:40pm y sigo en la cama, seguro llega Abel y me dice como hace 10 años, "¿sigues de oruga?, así no te vas a hacer mariposa! Sal de ahí oruga aragana, sal de ahí!". En esta casa seguimos siendo niños que se refugian en el cuarto de sus padres cuando tienen miedo (o cuando su madre está en el hospital). Esa puerta a la calle es una salida del sueño de ositos carñositos y caballeros del zodiaco. Tengo 27 y él 33, ayer vimos Batman otra vez. Pasta de dientes sin tapar, platos sin lavar, ropa fuera de lugar, “estos niños son hermanos, estos niños nunca cambiaron”, dice papá.
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